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Monsiváis desnuda la personalidad de Juanga en “Escenas de pudor y liviandad”

En el libro “Escenas de pudor y liviandad”, Monsiváis descifra la personalidad de Juan Gabriel, compositor y cantante mexicano

REDACCIÓNAgosto 24, 2021 
Tiempo de lectura: 5 mins.
“Con su música, Juanga venció el estigma de amanerado y la intolerancia”: Monsiváis (FOTO TOMADA DE IG @juangabriel_eldivo_)

Para Carlos Monsiváis, Juan Gabriel es un “ídolo” que logró con sus canciones sobreponerse al estigma del “amanerado” y vencer “la intolerancia de padres y madres y novios” que no permitían que sus hijos se dejaran seducir por el "Divo de Juárez".

“Las aportaciones del morbo afianzan la singularidad, y Juan Gabriel se instala sin declaraciones ingeniosas o audaces, sin concederle atención a bromas y rumores, sin el apoyo mitológico de la Bohemia o de la Parranda o del culto a la Autodestrucción. Él es un ídolo real que desplaza fantasías producidas en serie”, detalla el escritor y ensayista.

En el libro “Escenas de pudor y liviandad”, Monsiváis descifra la personalidad de este compositor y cantante mexicano que tras  su muerte fue homenajeado por sus seguidores y hasta por presidentes de diversas latitudes como el estadounidense Barack Obama, quien reconoció el talento de Juan Gabriel.

Pero al hablar de Juan Gabriel, Monsiváis lo hace a la misma usanza que los libros de cuentos describen a sus principales héroes, como si se tratara de una fábula donde el protagonista tuviera cualidades particulares o fuera de serie.

Había una vez una ciudad llamada Juárez en la frontera de México con Estados Unidos. Allí vivía un adolescente solitario, ajeno a la política y a la cultura, aficionado irredento de las cantantes de ranchero, de Lola Beltrán y Lucha Villa y Amalia Mendoza la Tariácuri….

El escritor va describiendo poco a poco la metamorfosis de Alberto Aguilera Valadez, ese provinciano que “creaba por su cuenta una realidad musical nomás suya” y que en 1971 --ya transformado en Juan Gabriel-- va internándose en el imaginario de la gente que ya comenzaba a tararear o a silbar su primer sencillo: “no tengo dinero”.

[…] Y al adolescente de Juárez, que responde al nombre de Alberto Aguilera Valadez, su inspiración le llevaba a diario melodías que silbaba, con letras adjuntas, y él las cantaba en un lugar llamado Noa-Noa, y lo que hacía agradaba, pero él no se resignaba a la modestia de la periferia, y se dirigió a la capital monstruosa, a pasarla mal como un trámite en el camino de la superación.

En ese proceso de transformación, continúa Monsiváis, pasó hambres, malos tratos del egoísmo urbano, noches sin sitio para dormir, una temporada en prisión “porque un malvado lo acusó del robo de una guitarra”, días y semanas aguardando en la afueras de las grabadoras, sin que siquiera las secretarias lo saluden.

Y al final, la noche se hizo día y la cantante de ranchero Enriqueta Jiménez “La Prieta Linda”, recibe a Alberto en su casa; le graba los frutos de su inspiración, y le insiste a los directivos de su compañía: "tienen que contratarlo. No se arrepentirán".

Y fue que en ese momento que Alberto padece un segundo bautismo. “Ahora será, con resonancias arcangélicas, Juan Gabriel así como se oye, según conviene en la época donde los apellidos nos interesan porque el impulso demográfico taló todos los árboles genealógicos”.

Carlos Monsiváis relató que de inmediato las quinceañeras adoptan y adoran al "Divo de Juárez" y comienza el acelerado ritmo de la compra de sus discos, los canturreos ocupan semanas enteras, los telefonazos a las estaciones de radio no dejan de sonar, los suspiros ante la sola mención del nombre, la formación de clubes de fans… “Y la lucha moral contra la intolerancia de padres y madres y novios: ¿Pero cómo puede gustarte ese tipo…? Muy mis gustos…”.

 

El gusto por Juan Gabriel se esparce, continúa el escritor, y las chavas persuaden a los novios, a las madres se les desarrollan hábitos que muy pronto dejan de ser clandestinos, y el inflexible paterfamilia se descubre una mañana tarareando: Es esta primavera/ será tu regalo un ramo de rosas/ Te llevaré a la playa, te besaré en el mar/ y muchas otras cosas.

La prensa por su parte informa del fenómeno de letras reiterativas y pegajosas y melodías prensiles, y reconoce un filón: “el compositor más famoso de México es un joven amanerado a quien se le atribuyen indecibles escándalos, y a cuya fama coadyuvan poderosamente chistes y mofas”.

Para ese momento es tal éxito de Juan Gabriel que las frases de sus canciones están en las conversaciones de todo. Monsiváis recuerda que hasta el propio ex presidente Gustavo Díaz Ordaz usa las canciones de este intérprete para tratar de generar empatía ante una sociedad mexicana que ya lo veía con recelo por el conflicto estudiantil de 1968.

A principios de 1977, en la inaudita entrevista de prensa al ser nombrado embajador de España, el ex presidente Gustavo Díaz Ordaz declara ‘Aquí me tienen, como dicen ahora, en la misma ciudad y con la misma gente’. ¡Santo Pedro Armendáriz! ¡El hombre del 68 cita a Juan Gabriel! ¿A dónde iremos a parar, seño Eduviges?.

Juan Gabriel (para las jovencitas) es su novio ideal, o algo más, el amigo inaccesible, el novio inalcanzable. Él es lo que jamás obtendrán, y por lo mismo, el ideal que se nulifica con la admiración excesiva.

Juan Gabriel mezcla la herencia de José Alfredo y el repertorio de conjuntos norteños como los Alegres de Terán, y produce en series polkas, redovas, rancheras. Las sinfonolas sobrevivientes se atestan, los mariachis enriquecen su repertorio, y los traileros sostienen su insomnio gracias a las capitulaciones y recapitulaciones que interpretan Lola Beltrán, Lucha Villa, Lupita D’Alessio, Rocío Dúrcal, La Prieta Linda, Beatriz Adriana”, explica Monsi, el gran amigo de Juan Gabriel.



(Imelda Téllez)

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